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Dice el libro “Martes con mi viejo profesor”, de Mitch Albom, que a veces no somos capaces de creernos lo que estamos viendo, en esos momentos, cobra especial relevancia poder creernos lo que estamos sintiendo.

En situaciones de confusión, de incertidumbre, de miedo…es cuando más importancia cobra nuestra capacidad para poder conectar con el cuerpo, con lo que sentimos. Pero a su vez, es cuando más miedo sentimos a que nos desborde la emoción e intentamos desconectarnos de ellas, taparlas, hacer como si no existieran y echar mano del mundo racional.

El problema es que si contenemos la emoción, si no nos permitimos llevarla hasta el final, nunca nos daremos cuenta de que no pasa nada, de que la emoción en sí no es dañina. Por lo tanto, nos quedaremos atados a ella.

Si por el contrario, decidimos abrir el grifo de las emociones y nos permitimos sentirnos tristes, sentir nuestras lágrimas, la soledad o el miedo y nos lavamos con ellas, podremos comprobar que estamos a salvo, que podemos sostenerlo. Es algo así como decirnos: “Está bien, puedo sentir el miedo, la tristeza o la soledad sin que me invadan. Puedo estar con esta parte de mi y sostenerla, aunque no me guste, aunque no sea fácil. Ahora que he tenido mi momento con mi miedo o mi soledad, puedo ponerlos a mi lado y darme permiso para sentir otras emociones que también me acompañan” . Muchas veces nos empeñamos en no sentir la tristeza, pero no caemos en la cuenta de que si no sentimos la tristeza, tampoco podemos sentir la alegría, ya que son las dos caras de una misma moneda, van juntas en el pack, son indivisibles.

Tenemos una gran confusión entre lo que queremos y lo que necesitamos. Queremos no sentir el miedo, ni la tristeza, pero las necesitamos, ¿como si no, nos daríamos cuenta de que estamos en peligro? ¿cómo sabríamos entonces qué nos hace sonreír? ¿cómo sabríamos que necesitamos un tiempo de reflexión y autocuidado?

¿Qué haríamos sin ellas si nos ayudan a sobrevivir?