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¿Cuántas veces como padres y madres nos hemos visto desbordados por la situación? ¿Cuántas veces hemos captado como determinadas conductas de nuestros hijos no sacan de quicio, no las soportamos? ¿Cuántas veces nos hemos dado cuenta de que no estamos educando a nuestros hijos como nos gustaría? ¿Por qué nos pasa? ¿Por qué a veces no somos capaces de cambiar aunque queremos?

padres-hijosEn ocasiones, cuando nuestros hijos gritan, lloran o se saltan una norma por ejemplo, sin saber por qué, algo se desencadena en nosotros que nos hace dar una respuesta desproporcionada a lo que realmente está pasando o a la que nos gustaría dar. En estos momentos solemos achacar nuestra respuesta a que estamos estresados y cansados y con ello justificamos nuestra manera de reaccionar.

Pero ¿qué ocurre cuando curiosamente siempre es lo mismo lo que me saca de quicio? Por ejemplo, me estoy acordando de un papá que no soportaba que su hijo se saltase las normas, por lo que intentaba que en su casa hubiera una educación rígida y unos horarios fijos que ayudasen al cumplimiento de éstas. Como muchos otros padres, ponía mucha energía en el hecho de que su hijo hiciese lo que él consideraba que estaba bien, es decir, que siguiera sus normas. El problema venía, cuando su hijo, como todos los niños, se saltaba una norma. En esos momentos, el papá me contaba que le recorría una cosa por el cuerpo que no sabía muy bien explicar, pero que se ponía muy nervioso y no lo podía tolerar, lo que le llevaba a castigar a su hijo y a alzar la voz. Aunque no era eso lo que quería hacer ya que a posteriori se daba cuenta de que la respuesta era desmedida y que no le enseñaba a su hijo los valores que él quería, se veía incapaz de modificarla, era como un automático.

¿Qué le podía pasar a este papá y a muchos de nosotros? Reflexionando con él nos dimos cuenta de que en su infancia, su padre había impartido una disciplina muy rígida tanto en normas como en valores morales, donde las represalias por salirse del camino se pagaban caras, por lo que él aprendió desde bien chiquito un concepto muy dicotómico sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Cada vez que su hijo hacía algo que no era correcto desde su punto de vista, saltaba su automático y actuaba en la línea de su padre, ya que eso era lo que había aprendido.

Muchas veces, nuestras heridas no cicatrizadas del pasado pueden interferir en la educación que les damos a nuestros hijos e impedirnos convertirnos en los padres que queremos ser, dejándonos solamente como opciones o el repetir lo que nuestros padres nos enseñaron o por oposición, hacer lo diametralmente opuesto, perdiéndonos de esta manera todo lo que podemos llegar a hacer y transmitir como padres conscientes.

Ser un padre consciente implica una actitud de reflexión continua, lo que supone una “carga extra” en nuestra ajetreada vida, pero cuando uno asume la responsabilidad de entender a su niño interno, de conocerse y comprenderse, se abren un sin fin de posibilidades, ya que aprendemos también a escuchar y respetar a nuestros hijos, lo que contribuye a que la educación sea un camino de aprendizaje mutuo.

¿Vale la pena intentarlo no? ¿Por qué rechazar la posibilidad de elegir y dejar de reaccionar a nuestras heridas del pasado? ¿Por qué no abandonar el piloto automático y decidir hacia dónde queremos ir? Y si necesitamos ayuda o apoyo para adentrarnos en este camino ¿por qué no pedirla?