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“…Y después de todo el conflicto que me has contado, ¿cuál sería un buen resultado para ti? ¿qué desearías conseguir?” (Bert Hellinger).

Con esta frase queremos comenzar la reflexión del día y con dicha frase comienzan muchos trabajos de indagación personal. En ocasiones, estamos tan anclados en el pasado, tan inundados por la emoción, que sólo conseguimos relatar una y otra vez aquello que nos pasó. Esto es natural cuando lo que necesitamos es desahogarnos, pero ¿qué pasa cuando la queja continua se convierte en una especie de “zona de confort”? ¿qué ocurre cuando adoptamos el papel de víctima y no nos atrevemos a salir de ahí?

Por increíble que pueda parecer, el rol de víctima puede llegar a convertirse en una zona de aparente seguridad capaz de ofrecernos múltiples beneficios secundarios, entre ellos, el no tener que hacernos cargo de nuestro malestar. El inconveniente es que no podemos avanzar, ya que estamos esperando a que aparezca nuestro “salvador”, aquel capaz de resolver nuestro malestar o darnos la solución mágica. De esta manera, depositamos nuestra confianza y esperanza en cualquier persona ajena a la que atribuyamos sabiduría y experiencia. Pero si la solución viene de fuera y no de nosotros, rara vez resultará eficaz a largo plazo.

pregunta-milagroPor este y otros motivos, la pregunta que podríamos hacernos es ¿hacia dónde quiero ir? ¿cómo sería un día sin ese problema, sin ese malestar? ¿en qué detalles me daría cuenta de que ya no está, de que ha desaparecido? ¿cómo cambiaría mi vida?

Al responder a estas preguntas, cambia nuestro diálogo interno, es decir, una parte de nosotros mismos tiene que sacar a la luz nuestra creatividad e imaginar que es posible que en un tiempo y en un lugar determinados, ese problema o ese malestar, no existe. Estaríamos creando entonces una narrativa alternativa, SIN ese problema o malestar que nos preocupa y dicho relato en sí mismo es terapéutico, nos reconforta, nos da el mensaje de que sí es posible una solución y que está en nuestra mano. Con lo que estamos reforzando nuestro locus de control interno, nuestros recursos y nuestra capacidades. En estos momentos podemos darnos cuenta de que contamos con capacidades y recursos tanto para sostener nuestro malestar como para gestionarlo. Salimos de la impotencia y la indefensión, para adentrarnos en la capacitación y el conocimiento de uno mismo.

Por todo ello ¿para qué esperar a que venga otro y “solucione” lo que es mío si yo puedo, si una parte de mí sabe qué es lo que necesito? Sólo necesitamos abrir los oídos y escucharnos más, darnos permiso para imaginar y reflexionar.